Sola no puedes, con vecinas sí

En las últimas semanas hemos leído tanto en medios de comunicación como en las redes sociales que “los barrios más humildes” se organizan para repartir alimentos básicos a los vecinos que lo necesitan. 

No es verdad. 

Ya estaban organizados. Ya había un tejido social antes del estallido de la pandemia dispuesto a brindar apoyo mutuo en los barrios, especialmente en Madrid, Cataluña y Euskadi. Y en este tejido asociativo previo tienen mucho peso los movimientos feministas de barrio, como en Benimaclet (Valencia) o la caja de resistencia de BiziHotsa (Euskadi). Aquí podéis ver un mapa con estas redes de apoyo mutuo en los barrios. 

Han cambiado sus tareas habituales por una atención de emergencia, pero son las mismas personas que hace unos años movilizaban al barrio contra los desahucios, las mismas que habitualmente dan clases de informática, inglés, yoga o teatro, gratuitamente. 

Los Centros Sociales, Okupados o no, son espacios que proveen de cuidados y que por supuesto no nacen de la nada. Construyen en la cotidianeidad un tejido social que permite a la población más empobrecida acceder a servicios a los que no tendrían acceso de otro modo. Humanizan los barrios pero, sobre todo, lo que realmente se pone de manifiesto en este momento es que los espacios autogestionados son una escuela que permite a la población responder con rapidez y eficacia a situaciones de crisis como la que vivimos, especialmente en un contexto de debilitamiento de los servicios sociales, sometidos a reiterados recortes y completamente desbordados ante la dimensión de una pandemia que nadie esperaba. Pero estas redes de apoyo mutuo no sólo llevan a cabo iniciativas solidarias como recogida y reparto de alimentos, artículos de higiene, asistencia psicológica, acompañamiento a personas mayores solas, asesoría legal a víctimas de violencias machistas, protección frente abusos del alquiler y un largo etcétera. También señalan con el dedo a las administraciones que han esquilmado lo público durante años y nos han dejado huérfanos de servicios para afrontar la emergencia social que se nos ha venido encima. 

No podemos, alentados por la mayor parte de los medios de comunicación y representantes institucionales, demonizar a colectivos que suplen las carencias de las administraciones públicas y luego derivar a esos mismos colectivos las solicitudes de ayuda de la Consejería de Asuntos Sociales, como hace la Comunidad de Madrid con La Villana o La Brecha -colectivos de Vallecas que están, entre otras cosas, repartiendo alimentos durante la pandemia-, o como hicieron en su día con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. El Espacio Vecinal Arganzuela (EVA), en Madrid, ha cedido los ordenadores de su sala de informática a las familias del barrio, para intentar paliar la brecha digital que ha sacado a la luz el llamado telecole. Solo en Madrid, según la Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid, 58 redes de apoyo mutuo atienden a más de 20.000 personas. En Barcelona, 21 redes solidarias cubren las necesidades de 5.500 personas. Entre ellas, la Red de Cuidados Antirracistas de Barcelona, formada por colectivos migrantes, que hace llegar alimentos y recursos básicos a familias migrantes cuyos derechos no se ven garantizados por las ayudas del Gobierno porque no tienen papeles y para el sistema no existen. 

Indudablemente, debemos reforzar los servicios públicos, no es tarea de la Sociedad Civil proveer atención básica. En palabras de Silvio Covolo, del Sindicat de Barri de Poble Sec, este tipo de iniciativas “no son asistencialismo, sino una red solidaria de apoyo mutuo”. Mientras las administraciones no llegan, es un absurdo impedir el trabajo altruista y voluntario de quienes construyen desde los barrios un mundo más justo y solidario. 

Elena Couceiro y María del Vigo,

WILPF España

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